Bomberos por la Sierra… la Sierra con los bomberos.

Marchamos con los bomberos forestales por la sierra calcinada. Hemos pateado, de nuevo, la Sierra Norte. Con sensación de frustración, casi con rabia, ya sin miedo, salvo por lo que íbamos a ver. Fueron muchos días de ver cómo las llamas arrasaban cuanto encontraban a su paso. Y los bomberos lo vivieron con impotencia, a veces con esperanza, otras con desesperación.
Casi todos habían, habíamos, recorrido estos parajes, enamorados de ellos, unas veces por trabajo, otras con placer, pero siempre con orgullo y con cariño a esta tierra. Unas veces con la cuadrilla, otras veces con los amigos, algunas con la familia. No esperábamos que esto podía suceder.

Por eso cuando todo acabó, más de cincuenta días después, personal forestal y simpatizantes, quisimos volver a hundir nuestras botas en los caminos polvorientos, ahora cenicientos, o en las laderas que hace pocos meses estaban cubiertas de gayuba, sembradas de jara y estepa, tapizadas de brezo y tomillo, escondidas bajo las ramas de pinos, robles y encinas.
Pero había que haberlo vivido, estar en el monte, entre el humo, dejando las pestañas junto a las llamas, trasportando la manguera o la herramienta con dificultad a donde más falta hacía. Aunque el aire quemaba y el humo lo invadía todo, era el propio quebranto, la extenuación, lo que más dificultaba respirar. Y al cabo de muchos días la sensación de impotencia y de desfallecimiento, obligando a reservar fuerzas, sin saber, por primera vez en la vida para algunos, cuándo iba a acabar aquello.

Imagen de Agustín Esteban días después del incendio
Pero, entonces y ahora, pensamos también en quienes, desde su pueblo, desde sus casas, veían como desaparecía el monte que habían formado y cuidado sus antepasados. Y todos los parajes tenían su nombre y con el nombre, sus recuerdos. Y, una vez abandonado el pueblo, muchos en obligada evacuación, sin saber si estaban ardiendo sus casas, hundiéndose sus tainas, huyendo su ganado, enloqueciendo las abejas. ¿Cuál es la señal que emite una abeja y trasmite al colmenar el aviso de que un incendio amenaza sus colmenas? ¿Cuántos miles, millones de abejas han perecido o visto perecer sus colmenares? Y corzos, jabalíes, buitres ardillas, tejones…
Cuando los vecinos han vuelto a su pueblo probablemente no han podido ni llorar. La incredulidad habrá sido, sin duda, la sensación más predominante. Y los consabidos lamentos o comentarios: “no podía ser, no es extraño, algún día tenía que pasar”. “¿Para qué tanta repoblación?” “¿Por qué tanto impedimento y norma para cortar un árbol o arrancar un arbusto, si ahora todo se lo ha llevado el fuego?”

Placa en Muriel y los batefuegos
Tras un mes de julio agotador y frustrante llegan homenajes: En Bustares, en Muriel y en muchos otros pueblos les pusieron una placa y les nombraron Serranos del Año, tendrán un homenaje en Zarzuela en el ¡Toma castañas!, se les ha agradecido públicamente el esfuerzo, a nivel particular y a nivel oficial. Pero ellos saben que los recursos destinados a su trabajo no son suficientes, que la formación es escasa, que los contratos son cortos, que la coordinación no fue óptima, que la inversión, en definitiva, no es prioritaria, que la UME no es todo… Escuchas sus comentarios: “Muchas veces estábamos largo tiempo parados, mientras compañeros luchaban con el fuego y este no paraba” “Hubo muchas ocasiones en que el fuego podía haber sido controlado”. «Los vehículos muchas veces están inoperantes» «Quieren cerrar algunas torres de vigilancia»…Aun teniendo en la memoria del Parque Natural varios episodios como el incendio de Valdepeñas o el más próximo del Alto Rey o del Pico del Lobo, temporada tras temporada se detectan los mismos errores y carencias y a mediados de septiembre de este mismo año se acabaron los contratos.

Fuera de control
La marcha.
Entre los 953 m de altitud de la plaza de La Mierla y los 1858 de la cima del Alto Rey hay una Sierra calcinada, casi mil metros de desnivel, 75 km de caminata y 35000 hectáreas de desolación. Pero es un mundo de incredulidad, no podía ser.
Tres días desde La Mierla al Alto Rey. Amanece en el kilómetro cero de la desgracia. Pasamos junto al rastrojo donde comenzó todo. No te lo puedes creer, un cono mínimo de inicio. El incendio estaba cantado, el día era sofocante y con viento, pero nadie esperaba una progresión tan desbocada. No iba a pasar el Sorbe. Y lo pasó.

El alcalde de La Mierla, Ricardo Jiménez, lo había pasado mal, les agradece los esfuerzos y nos invita a desayunar. Recorremos el pinar, parcheado de tonos verdes y grises y llegamos a Muriel. Se llevó por delante el molino, aunque no el pueblo. Allí, en Muriel, nos hicieron el pasillo bateando el suelo con batefuegos forestales y aplaudiendo. No iba a pasar el Pozo de los Ramos. Y lo pasó, ascendió, por La Tonda y amenazó Almiruete. Dejamos a un lado La Cueva, el Robledo, La Iruela de la post-despoblación, ya prácticamente sin restos y en Santotís las viejas ruinas resistieron (un sarcasmo) en medio de su luminosa pradera, aunque la casa aún conservada resistió con grandes daños. A nuestra izquierda quedaban las laderas escarpadas del Sorbe hasta la zona de las minas de La Nava, el Cerro Covacho, el Cerro Mermequero…
Bordeando el pico Santotís se llega a Semilllas, desolador. El lugar impresiona, el rodeo fue total y dormir en el pueblo pensando en los que pasaron una noche a merced del fuego sobrecoge. Allí se nos agradece vivamente y se realiza la primera pernoctación tras más de treinta km de marcha.

Ocejón desde Santotís
El segundo día no es duro, pero si largo, otros 35 km. A un lado quedan Robredarcas, Las Cabezadas… tantas veces recorridos por nuestros compañeros los agentes medioambientales. El fuego descubre los surcos donde un día allí se sembraban patatas, hortaliza…
Se observan los caprichos del fuego que avanzó implacablemente por unos sitios y respetó incomprensiblemente otros que son ahora islotes de verdor. Y no se sabe si fue ese mismo capricho el que perdonó los alrededores de algunos pueblos o fue la acertada intervención de los responsables de la extinción, como fue el caso del vecino Arroyo de Fraguas, rodeado de vegetación, pero respetado.
Tras salir con el mismo sol (y llegar al final del día ya casi sin él), nos esperan otros 35 km. Un subeibaja de barrancos (Valdehontanares, Valdesotillo) para recorrer Las Mesas, cerca de Zarzuela de Jadraque, llegando a Villares. Sorprendentes llanuras a 1125 m. de altitud, en lugares mesetarios que en su día fueron asiento de cereal y careo de ganado. Allí el alcalde, Fidel Paredes, hace memoria de las carencias, necesidades y agradecimientos.
Al pasar por la base de Villares-Las Minas los caminantes recuerdan cuando todo estaba negro, la base casi inutilizable, los pilotos remisos a su utilización y cuando las vallas alrededor de las pistas impidieron la huida de los animales para escapar del fuego. Seguimos la ruta, “no pasará la Peña de los Gavilanes”. Y pasó. Y otro empujón, con la tarde ya en declive para llegar a Prádena, casi con los frontales encendidos.

El Pelagallinas y ladera norte del Alto Rey
La última etapa es corta, pero el día va a ser largo también. El Pelagallinas, valle frondoso y verde en su día, es otro triste espectáculo. Tras pasar junto a la Cueva del Oso comienza lo más duro de la jornada: 600 m de desnivel en 5 km para hacer cumbre. Alrededor un tapizado verde y gris desde la Sierra Pela hasta la Sierra Gorda.
Un centenar de caminantes se reagrupan para compartir recuerdos, merienda y solidaridad. Y para leer el manifiesto que resume sus sensaciones y reivindicaciones. Aunque hay reivindicaciones laborales hay un fondo de romanticismo y de apuesta por la supervivencia de la comarca.

Monte a través o carretera adelante, en Bustares espera un rato de convivencia, la rememoración de la lucha de los bomberos forestales de Madrid, un plato de garbanzos y muchos aplausos. Placa, presentación de la Plataforma por la Sierra Norte, estrategias de reivindicación, el recuerdo del reciente título de Serranos del Año y el eco de las palabras de Agustín Esteban, pregonero del XIX Día de la Sierra: “Estamos tratando de conquistar Marte y no tenemos cojones ni tecnología para apagar un incendio que se origina en nuestro hogar, en nuestro pueblo, aquí en la tierra”.

Y alguien lo dijo (Ramanathan) ya hace cincuenta años, que no era extraño que la tierra se cansara: “La madre naturaleza está tratando de decirnos de todas las maneras que la estamos lastimando.”



