Almiruete, rogativa, colación y toponimia.

Era el 8 de mayo cuando las gentes de Almiruete iban en romería hasta la ermita de la Virgen de los Enebrales. Allá por el siglo XVI las condiciones higiénico-sanitarias y la falta de vacunas y tratamientos hacían que las epidemias asolaran muchas zonas de la península. Quizás la peste bubónica, la viruela o el sarampión llegaron a los rincones de la Sierra. Y Almiruete no se libró, por lo que sus habitantes decidieron acudir en romería a implorar protección a la ermita de “la Serrana”.

Aunque en el barrio de la calle Atienza fallecieron casi todos sus habitantes, algo debió favorecer la rogativa, porque desde entonces se siguió peregrinando en esas fechas hasta la referida ermita. La procesión partía del pueblo a primera hora, con la cruz, pendón y los estandartes de las diversas cofradías que existían en la parroquia. Algunos descalzos, otros iban con las caballerías para facilitar el desplazamiento de niños, ancianos e imposibilitados. Rezando y cantando, pasaban el cementerio “Aquí todos somos iguales” y la ermita restaurada en honor de Claudia Manada, esposa de Juan de Dios. Pasando el arroyo del Humilladero, se cobijaban a la sombra de la “Encina de la Abuelita”.

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Enseguida venía la “Cuesta de los Majuelos”, cerca de la “Carrasca Hueca” y era demasiado duro subir cantando y rezando, así que allí se deshacía la procesión, se arriaban los pendones, cada cofradía y familia hacía su grupo, y todos seguían en plan romería, hablando y riendo. Pasando el monte, ya por el término de Tamajón, entre carrascas y sabinas, se llegaba a la “Encina de la Letanía”. Allí se reanudaban los rezos, en este caso con la cantinela de las invocaciones marianas: Santa María, ora pro nobis, Santa Dei Genitrix, ora pro nobis… La procesión se rehacía del todo, ya fervorosos de nuevo, al llegar al “Mojón de la Vieja” y desde allí todo era peregrinación devota hasta la ermita.

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Después de los rezos obligados llegaba la hora del almuerzo. Seguramente los recursos no eran muchos, pero al menos no faltaba el pan y los bollos del horno propio y el queso, del propio rebaño, quizás una fiambrera con chorizo, y vino de la Campiña. Después se añadiría el chocolate y el convite se amplió a todos los que estaban presentes alrededor de la ermita.

El regreso, por el mismo camino, seguramente iba siendo más libre y escalonado, pero a buen seguro que a las mujeres no les faltaba el rezo del Rosario en alguno de los tramos y las oraciones por los ausentes al pasar junto al cementerio.

Parece que años después la generosidad de los almiruetenses devotos atrajo la concurrencia de un excesivo número de forasteros y los romeros se vieron obligados a restringir el convite. La costumbre se limitó a los romeros locales y la celebración se circunscribió al propio casco urbano del pueblo, permaneciendo la costumbre anual de “La Colación ” a mediados de mayo.

ermita

El romero recorre, en solitario, una mañana de primavera, el camino de los antiguos peregrinos. La vereda es ancha, ahora tiene nombre de sendero de largo recorrido, las encinas “de la abuelita” y “de la letanía” han desaparecido, no hay cantos ni letanías y sólo se escucha el gorjeo de los pájaros. Coloca una piedra en el “mojón de la vieja” y sigue camino entre enebros y chaparros. Alrededor de la Ermita de los Enebrales todos son caravanas, excursionistas y escaladores practicando en las peñas de la Ciudad Encantada. El regreso al pueblo de Almiruete sigue teniendo el encanto de una agradable mañana de primavera cruzando el sabinar.

La colación.

El horno comunal bulle de actividad: los hombres, desde la víspera y de madrugada, se han preocupado de que su cúpula, silenciosa y fría todo el año, recupere, con la leña de las carrascas, la temperatura y el sonido de la chasca de lumbre. Los vecinos recuerdan cuando se cocía casi todos los días y se guardaban las hogazas de pan en una cesta o artesa durante quince días, prestando o pidiendo prestada una hogaza si la hornada no duraba la quincena.

pan

Ante la boca se afanan mujeres y niños mezclando la harina con la levadura, agua y sal, dando la consistencia y textura deseada a la masa. Hay que darle tiempo para que suba, dejando que el gluten se desarrolle y vaya cogiendo aire y esponjosidad. Bien heñido se forma la torta, estirando y doblando, se le da forma, de hogaza, barra, pajarito…, se bendice, se marca con un par de cortes y se mete al horno. Las mujeres mayores supervisan el proceso y si, al sacarlo, el color, peso, y el sonido al golpearlo son satisfactorios, el proceso está completo. Y si se cae al suelo no hay que olvidar el beso y la plegaria “¡Pan bendito!”

madalenas

Los bollos y magdalenas tienen su propia técnica, aunque en este caso, el sabor y textura lo da la mezcla a base de huevo, harina, azúcar, aceite, anís y levadura. Al final de la mañana ya sólo falta degustar en comunidad un arroz a la vieja usanza y saborear los bollos empapados de chocolate. El caminante participa de la colación de los almiruetenses, siempre hospitalarios. Ya no hay ronda ni baile, queda brindar con los acompañantes, los buenos deseos y el regreso a los afanes de la ciudad. “¡Que nos juntemos otro año!”

La toponimia.

Recorrer los parajes hacia el monte de Tamajón, contemplar las laderas de “La Cabeza” o perder la vista hacia “La Tonda” nos recuerdan que todos los rincones tienen su nombre y que los abuelos pasaron por allí su vida y corrieron sus aventuras. Los más veteranos, con Miguel a su cabeza, recuerdan varios centenares de nombres, una treintena de fuentes, un centenar de peñas, varias docenas de arroyos… Y todos tienen su historia y sus recuerdos, vívidos para los abuelos, curiosos para los más jóvenes. Cuenta Miguel Mata:

toponimia

“La encina del “tío Cotete”, que por cierto se llamaba Francisco, era de una familia y la tierra donde crecía era de otra, lo que daba lugar a altercados continuos a causa de la propiedad de las bellotas. Un año, allá por el mes de noviembre, la dueña de la finca se escondió en la proximidad y cuando la dueña de la encina fue a coger las bellotas, salió con una estaca y la arreó un golpe en la cabeza, dejándola inconsciente. Intervino la justicia y dio la razón a la dueña de la encina. Pasado el tiempo acabó vendiéndola a un leñador que la convirtió en leña para la lumbre y el horno.

Todos los parajes han sido recogidos y hollados por Miguel Mata, que no pararía nunca de enumerarlos, algunos muy curiosos y todos con su significado: la Última Praderilla, el Cerrillo Medroso, el Cerro de la Lobera, las Cabezas Cimera y Bajera, la Cuesta del Batán, la Calle del Castillo… Juan Ramón Muñoz va contando cómo surgió y se desarrolló la idea de los mapas toponímicos, comenzando por su pueblo, Robledo de Corpes. La Asociación de los botargas y mascaritas respaldan y financian la idea, Alberto aboga por la recuperación de todas las fuentes, caminos y parajes, Lope, Enrique, Javier aplauden la iniciativa y ponen su granito de arena para que el pueblo se mantenga vivo. Los pequeños, sorprendidos y los mayores melancólicos. Y todos disfrutan del día y de los actos.

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El senderista se precia de haber hollado muchos de ellos en la retomada ruta a Ocejón, Cabeza Mostajar, Los Calamorros, La Pradera de las Yeguas, El Sillarón y su refugio… Y recuerda el también trayecto que hacían los carteros, Miguel, Pablo, Gregorio desde Tamajón a Palancares y Valverde: Los Vivares, el Portillo, el Prado del Toro, el Puente de la Tabla…

Un gran día en Almiruete para los recuerdos y las convivencias. Que no se olviden los unos ni se pierdan las otras.

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